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La vida de
una militante |
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NORA PATRICH Miles de
jóvenes dieron su vida por un proyecto de liberación nacional y social para
nuestra Patria en las décadas de los 60
y 70. En ese intento muchos perdieron la vida y otros quedaron para dar
testimonio. Es el caso de Nora Patrich, excelsa dibujante, pintora y escultora,
premiada internacionalmente por su obra inigualable. Sin ir más lejos, entre
septiembre y octubre de este año, expuso sus pinturas en la sala de
exposiciones de 13 de
febrero de 1998. Vancouver. Canadá. Me llama mi
amiga Fernanda por teléfono. “Poné Canal 3,
están pasando un especial de una pareja de patinadores sobre hielo ingleses,
que le dedican su actuación a los desaparecidos de Argentina”. Es una
bella coreografía que me golpea con tremenda fuerza en el corazón. Y me pongo
a llorar. Lloro,
lloro con tal angustia que ni todo el cariño ni las caricias de mi pareja
logran consolarme. El día
había empezado tan distinto, pintando, trabajando bien como tantas otras
veces. Y así de improviso la llamada de Fernanda. Uno nunca
sabe cuando, así nomás de repente, algo te devuelve la memoria, los
recuerdos, los momentos felices y porque fueron tan felices, pero acompañados
de ese sentimiento de dolor vacío y estremecedor. Es como si
todo el dolor del mundo se te anidara en la garganta y con todo eso,
ensimismadas, las eternas ansias de volver que nunca se pierden. Uno a uno
empezaron a desfilar frente a mí Horacio, José, Alcirita, Rodolfo, Hernán, El
Yaya, los inigualables amigos como el Flaco Sala... y la lista seguía. Ahora la
voz de mi madre: “Toma toda la sopa que en África
hay chicos que no tienen que comer”. Y luego la imagen nítida de cuando
apenas era una niña, viendo un documental sobre Esas
palabras de mi madre y esas imágenes hicieron que naciera en mí esa
convicción irrefutable de que eso nunca debía repetirse. Llegué a la
década del ´60 con un fuerte concepto de justicia, derechos humanos y el
hombre nuevo. De a poco fui abriendo los ojos, notando que no todos éramos
iguales, que yo pertenecía un grupo privilegiado. Comprendí
que los chicos sin comida no existían solamente en África, sino que estaban
muy cerquita mío y empezaban a tomar forma, a tener cara y nombre. Cumplí 16
con unas tremendas ganas de cambiar este mundo de mierda que creaba guerras y
destruía niños y torturaba, pero ya no solo en Alemania, sino que también en
Buenos Aires y que todo eso -que no se debía volver a repetir- estaba
ocurriendo otra vez. Fue durante
ese despertar al mundo y querer hacer, que Sarita y Roberto me llevaron al
cine a ver “Verano del Cuando
terminó y se prendieron las luces, allí estaba Horacio disculpándose por
haber llegado tarde. Los cuatro salimos a tomar un café. Y la noche estaba
tan linda, que él me acompañó a mi casa, caminando. En el
camino nos sentamos en un parque a charlar. Le conté de mi pasada militancia
en un grupo que se había creado en Filosofía y Letras (LIR) compuesto por
actores y algunos pintores. Poníamos en
escena pequeñas obras teatrales en las Villas Miseria utilizando las técnicas
del brasilero Augusto Boal. Y le conté como durante mi trabajo en ese grupo
se me había cruzado el peronismo y lentamente me había acercado a Nos vimos
varias veces más después de nuestro primer encuentro. Horacio me había
encandilado con su bondad y generosidad. Eran tantos, pero tantos los sueños
compartidos, que nuestra relación fue creciendo y consolidándose rápidamente.
Me acuerdo
del día que me llevó a un café para que conociera a Mirta Clara, su amiga de
la infancia, a ver si “me aprobaba” o no. Esa misma
Mirta Clara que luego, junto a Susú y otras queridas compañeras recorrimos
caminos paralelos aunque geográficamente distantes. Fuimos “las viudas”, “las compañeras” o como le dijeran después
los milicos a mi suegra “los claros blancos caminantes”, por ser tan fáciles
de encontrar y acertarles. En 1971
comencé a estudiar en Fueron
tiempos de amor y fueron tiempos de guerra. Una extraña mezcla de situaciones
trágicas, de pérdidas y momentos ridículamente graciosos, casi absurdos. Tal vez por
eso fue que comenzamos a decir que parecíamos Como
aquella vez que el objetivo era romper la vidriera de una concesionaria de
automóviles yanquis, volantear y rajar. Ya para esa época, los bancos y las
concesionarias habían cambiado los vidrios por blindex, hartos de reponer
constantemente las vidrieras rotas. Si no
recuerdo mal el Toti vino con la
información de que había escuchado en alguna reunión que si se tiraban
manzanas contra el blindex, estas lo hacían vibrar de tal forma que lo
debilitaban y era posible romperlos con bulones. Y pasó por supuesto, lo que
algunos predijimos... Lo puedo
ver como si fuera una película: en la vereda de enfrente Por la
vereda de la concesionaria, con una bolsa de manzanas cada uno, Horacio, El
Toti, Alberto y José. Los peatones miraban azorados a esos cuatro “terroristas” masacrando la vidriera a manzanazos. Pero
las manzanas quedaban pegadas al blindex y se deslizaban hacia abajo,
despacito, despacito, hechas puré. En la
reunión de evaluación, vino El Toti con más información. Para que la ruptura
del blindex hubiera sido un éxito, los bulones debían haber estado dentro de
las manzanas. Pequeño detalle...... Cuantas
veces tuve que explicar que nadie me convenció de nada, que nadie me había
lavado el cerebro. Tomo total responsabilidad por las decisiones que asumí y
el camino que mi vida recorrió en los años subsiguientes. Esto era
inevitable, dado los tiempos que vivíamos, la información que manejábamos y
la falta de Justicia Social que reinaba en ese momento, esas eran causas más
que suficientes para que yo decidiera tomar ese camino. Una tarde,
Horacio y yo estábamos acurrucados en un abrazo, él fumando su eterno
cigarrillo. De golpe le pregunté: “¿Decíme,
si uno quiere ayudar,
comprometerse más, como se hará? Horacio
contestó que siempre había alguien cerca, que cuando sintieran que era el
momento adecuado, lo propondrían. Muchas fueron las veces en las que insistí
que deberíamos averiguar y comprometernos más. Nunca me imaginé que ese
alguien era él. Pasó mucho
tiempo, mucha historia compartida. A veces me
salvé raspando, como la vez que llegué tarde a la cita para ir a una marcha
con Ramón Cesaris (por el aniversario de las muerte de Abal Medina y Ramus) y
él se fue sin mí, y allá en la localidad de William Morris, lo acorralaron y
lo asesinaron. Cuantas
veces corrimos de la mano con Horacio, esquivando balas que pasaban muy cerca
como en Ezeiza, por ejemplo. No sé como
ni cuando empecé a militar en las FAR, que luego se fusionaría con
Montoneros. Muchos no
querían la lucha armada, pero se entendía que era la única manera, en ese
momento y lugar, de frenar lo que padecíamos y producir cambios profundos en
nuestra sociedad. En ese
sentido En varias
partes del planeta los jóvenes buscaban cambios; y fueron golpeados y en
algunas instancias masacrados. Durante los 60
y los 70 existieron una variedad de movimientos, cada uno adecuado a su
realidad. Por ejemplo, los hippies en EE.UU; muchos jóvenes estadounideneses tuvieron
que refugiarse en países como Canadá para no ir a pelear a Vietnam en
desacuerdo con esa guerra imperial. En
Argentina, las masas se movilizaron, organizaron y lucharon., Yo fui parte de
ese fenómeno y es por eso que puedo contar mi historia sin arrepentimientos
ni vergüenzas. Como parte
de la juventud de la época, entiendo que éramos., que queríamos, que
soñábamos y que esperábamos para las generaciones futuras. Si de algo senos
quiere acusar, será de ser demasiado idealistas. Pero ¿qué hubiera sido
mejor...? ¿crecer ignorando todo lo que íbamos descubriendo y que no nos
importara la tortura y el hambre de otros, la injusticia, la desesperanza...? Como mujer
puedo decir que cada uno vivió experiencias muy distintas, de acuerdo a la
formación que tanto los compañeros como nosotras tuvimos en las
organizaciones en las cuales nos desarrollamos. Me parece
que la formación de cuadros fue muy distinta entre los compañeros que venían
de Montos a los que veníamos de las FAR. Fue así que a veces, esas
diferencias se notaron en el trabajo cotidiano de nuestra militancia. Como
aquella vez en que tomamos las facultades porteñas y nos preparábamos para
hacer una inmensa marcha. Esa noche,
organizando la seguridad, se decidía que compañeros marcharían haciendo un cordón alrededor de la columna
de manifestantes, sosteniendo palos para defender la marcha de los ataques
con cadenas de los “fachos”, ya que siempre nos
atacaban con cadenas y manoplas. Yo, que
venía de las FAR, como tantas otras compañeras, había recibido instrucción militar
y tenía conocimientos de defensa. Por lo tanto, me presenté para que me
entregaran mi palo para ir a tomar mi lugar en el cordón. Los
compañeros me miraron y me explicaron que yo era mujer... Otros salieron a
discutir que eso no importaba. En fin, hagámosla corta. El acuerdo
fue que si yo conseguía dos compañeras más, nos darían un palo a cada una. Supongo que
esos que se opusieron pensaron que se necesitaban tres mujeres para equiparar
la fuerza de un hombre. Conseguí las dos compañeras y allí estábamos las
tres. Una fue Silvia, la otra ya no me acuerdo, y yo. Las tres
con nuestros palos, marchando dentro del cordón que rodeaba la columna de
estudiantes universitarios. Y se dio. Aparecieron
los “fachos”, con cadenas que
revoleaban sobre nuestras
cabezas. Y de repente, el sonido de palos que caían al piso. Y nosotras tres
allí, con nuestros palos alzados para frenar los cadenazos y resultó que los
hombres que estaban a nuestro lado había rajado antes que nosotras. En 1972 me
casé. Tenía 20 años. Mi familia no estaba muy feliz con mi boda, así que me
tuve que ir hasta el supermercado que tenían mis padres, para asegurarme que
papá había ido a firmar la autorización, pues habían decidido no asistir a la
ceremonia. Volví
corriendo a casa para cambiarme, agarré un taxi y llegué justo para mi propio
casamiento. Por el camino, unos nervios me hicieron toser todo el trayecto,
en tanto el taxista me daba consejos para que mi matrimonio fuera exitoso. Mi madre me
había llevado a la modista y me habían confeccionado un vestido con la seda
de un sahari hindú color turquesa con pequeños dibujitos en negro. Todavía lo
tengo, junto al pantalón que Horacio usó ese día. Fue la primera -y creo que única vez- que lo ví a Horacio con corbata. Después de la fiestita y los etcéteras de mi
boda, nos fuimos a un hotel. Solamente José, mi cuñado, el marido de Susú,
sabía en que hotel estábamos, por las dudas. A partir de
esa noche, compartimos los cuatro, un departamentito durante más de un año ...
Y allí todavía vivíamos cuando nacieron primero Esteban, mi sobrino y después
Nicolás, mi hijo. Nos fuimos del departamento meses después que naciera Inés,
la segunda de Susú. Los cuatro
teníamos una relación muy especial. Nunca una pelea, sino por el contrario,
un gran sentido de solidaridad y compañerismo. Creo que
los seis, hermanos y cuñados, nos quisimos muchísimo y disfrutábamos al
máximo cada oportunidad que teníamos de estar juntos. Debo
admitir que todo ellos eran seres excepcionales. Eran compañeros
tremendamente íntegros. Bueno, Susú lo sigue siendo. Somos las dos que
sobrevivimos y entre las dos, fueron cinco los chicos que nacieron en esa
época. Un día
Horacio no volvió a la hora prevista y tuvimos que levantarnos, no podíamos
quedarnos en casa. ¿Y si había
caído? Aunque en
lo más profundo de mi corazón yo sabía que Horacio nunca cantaría ni
entregaría a nadie, pero las reglas eran las reglas. Para entonces, yo estaba
embarazada de Nicolás, como de 6 ó 7 meses. Pasaron los días. Llegaron
noticias de que un “Martín” -nombre de guerra de
Horacio- había caído en un puente.
Pero no se sabía que “Martín”. Estuve días tirada en un sillón, sin hacer
prácticamente nada. Un buen día
decidí que ya era suficiente lástima conmigo misma, junté fuerzas, me
levanté, me arreglé y decidí ir a una cita que tenía con el dentista. Al
volver abrí la puerta del departamento. Si hay algo
en esta vida que jamás olvidaré fue la increíble sensación de felicidad
cuando ví a Horacio (Martín, mí Martín) parado delante de la puerta,
mirándome. Lo abracé, mientras lloraba y reía a la vez.. Él me miraba sin
comprender, como preguntándose “¿A
esta loca que bicho le picó?”. Ocurrió que
yo me había desencontrado con el compañero que tenía que avisarme que mi
Martín demoraría unos días en regresar por que estaba en una tarea
específica; además era portador de una carta que aún hoy guardo como uno de
mis grandes tesoros y parte de la cual transcribo: “Querida Norita. Hoy es sábado. Hace 10 días que me fui y me acabo de
enterar que recién puedo volver el lunes. Yo creo que nuestro hijo va a nacer
en un buen momento porque nosotros hemos madurado bastante en este tiempo y
estamos mejor preparados para recibirlo. Todo esto es para decirte que te
quiero mucho, quiero a mi Flaquita, quiero su panza, quiero las tartas de
cebolla, quiero la pieza desordenada, quiero la casa inundada con la alfombra
mojada sobre la silla (¡como putié!), quiero a la que tengo bronca cuando me
despierta a la mañana, los pajaritos, los caracoles, los telares.. (Hasta las
lagartijas quiero...). Y tal vez hasta sea feliz una palabra que nunca me gustó mucho porque no se
muy bien que quiere decir-. Yo la entiendo no como que todo es muy lindo sino
como saber conciliar todos los aspectos de nuestra vida, sin perder nunca de
vista, los objetivos y los criterios fundamentales que orientan todo, los
momentos lindos, los amigos, la familia, la bronca, el dolor, la mufa, la
militancia, el laburo, etc.” Claro que
esta no fue la única vez que no llegó a la hora indicada. Fueron muchas las
veces que tuvimos que levantarnos y esperar en un café de la vuelta, porque
no se sabía si había caído o simplemente estaba atrasado. Horacio
tenía muchos compañeros a su cargo y ya no era fácil conseguir casa segura
donde quedarse cuando había que “levantarse”.
Horacio no
volvía a casa hasta que estaba seguro que todos los compañeros a su cargo
tenían donde dormir, comer y dinero para movilizarse. Y aunque yo lo admiraba
por su actitud para con los demás, a veces me daba bronca, porque eso
implicaba que yo tenía que salir, “levantarme”,
esperar con ese gusto amargo y metálico inconfundible, un desenlace. José y Susú
con Esteban fueron trasladados a Córdoba. Al poco tiempo, nosotros fuimos
enviados a Rosario. Es que allí había muerto el compañero encargado de Nuestra
separación se hacía cada vez más larga. En camino a
San Nicolás, íbamos en el auto El Flaco y
su hijo Manuelito, que debería tener unos dos años, Nicolás que tendría meses
y yo. En la ruta nos paró un “pinza”. Nos
hicieron bajar a todos y pararnos de espaldas a una pared, mirando hacia el
auto. Los milicos
comenzaron a revisarlo, las cuatro puertas abiertas. El Flaco
nos hace señas y vemos que el “embute”
que tenía una de las puertas estaba mal cerrado y se veía la punta de un
papel. Por un
instante creímos morir. Y entonces abrieron el baúl... un olor espantoso hizo
retroceder a los uniformados. Los pañales
sucios con la caca de Nicolás, recocinados por el calor del sol de verano,
fue demasiado para ellos. Cerraron todo bien rápido, nos devolvieron las
llaves del coche y seguimos nuestro camino. Horacio iba
y venía a visitarnos a San Nicolás, pero eso, era exponerse demasiado. Así
que hasta que encontráramos casa, nos fuimos a un hotel frente a la terminal
de colectivos. Contar todo
lo que ocurrió en esos días sería una cuestión de nunca acabar. Demasiado
largo... Nuestra vida era tan intensa, que cada día era una historia ó una
anécdota. A veces,
algo tan sencillo como salir a comprar el pan se convertía en todo un
episodio. Así fue que
tuvimos nuestra primer casa y nos fuimos de vacaciones al Sur y para no
perder la costumbre tuvimos que “levantarnos”
muchas veces. En una de
esas levantadas, que coincidió con uno de los matambres que yo estaba
cocinando (Horacio adoraba mis matambres...) al momento de irnos de casa, él
en vez de llevar ropa o lo que pudiese meter de artículos personales en un
bolsito que nos permitían llevar (pequeño, para no levantar sospechas con los
vecinos), esa vez, lo veo agarrar una hoja de papel de diario y ¡envolver el
matambre.....! O sea, que de haber perdido la casa en esa oportunidad, lo
único que se hubieses salvado hubiera sido el matambre... Quedé
embarazada de Laura. Perdimos la primera casa porque el compañero que nos
prestaba el nombre para alquilar había caído. Pasaron los meses, crecieron
los riesgos. La cuestión
es que nos mudamos temporariamente a una pensión. La dueña se
había encariñado mucho con nosotros, a tal punto que me confesó, que era la
primera vez que aceptaba en la casa a alguien con chicos. Es que había visto
a Nicolás tan hermoso y buenito que no nos pudo rechazar. Una noche
en tanto Nicolás dormía, me quedé charlando con ella en su cocina y me contó
que antes vivía en la pensión y que su dormitorio de entonces, era ahora el
nuestro. Como el
balcón daba a la calle y las chicas de la pensión siempre le insistían que
era peligroso, que no fuera que le pusiera a ella una bomba, decidió mudarse
para el interior de la casa. Obviamente,
se me ocurrió preguntarle por qué alguien querría ponerle una bomba a ella: - ¿Cómo,
no sabés?: Mi marido es el Jefe de Policía de Rosario? - No,
fijate que no lo sabía.... contesté al borde del colapso. Volví a mi
habitación y vi por la ventana, desde la oscuridad de nuestra pieza, como
Feced pasaba con su auto a recogerla. Lo ví muchas veces más. Siempre me
pregunté si habrá tenido idea, después que mataron a Horacio, que aquel “terrible subversivo” era también, aquel gentil muchacho
que tantas veces se
le cruzó a su mujer en el pasillo de la pensión -un conventillo en realidad- y que ella tanto había
apreciado. Los eventos
familiares y las fechas importantes eran vallas que había que ir saltando
dela mano y si la valla no caía, había que seguir corriendo la carrera de la
vida, juntos. Nos
poníamos metas a corto plazo, sencillas en su contenido, pero paradójicamente
casi imposibles de realizar. Como por ejemplo, llegar vivos a Navidad, llegar
junto a Año Nuevo, el nacimiento de Laura, el cumpleaños de Nicolás.. Y así
fue como llegamos los tres a las Navidades y después al Año Nuevo. Y
seguíamos juntos. Y matamos dos pájaros de un tiro, porque también llegamos
juntos al nacimiento de Laura. Tantas
compañeras habían caído antes, durante o justo después de dar a luz... El 31 de
diciembre habían venido compartimentados 2 ó 3 compañeros a festejar Año
Nuevo. Esa tarde habían estado jugando con Nicolás, tirándose agua con la
manguera y a baldazo limpio. Yo me había quedado frente a la ventana mirando
como jugaban y oliendo el olor a tierra mojada que tanto me fascinaba. Cada tanto,
les tiraba una puteada, por las dudas, no fuera cosa que se les ocurriese
tirarme agua... Que se me iba a cruzar por la mente que Laura se apresuraría
a venir a nuestro mundo. Decíme...¿qué apuro tenía? La mañana
del 1° de enero Nicolás se despertó y como tantas otras mañanitas de verano,
vino al dormitorio. Me senté en la orilla de la cama para ayudarlo a sentarse
en la pelela y rompí bolsa de agua. Se suponía que todavía faltaba una semana
pero Laura no quiso esperar. Nos
vestimos rapidito, agarramos a Nicolás, los compañeros se quedaron a esperar,
no podía salir solos. Recuerdo al lector que estamos hablando de un primero
de enero por la mañana: en las calles no pasaba ni un alma. Horacio,
Nicolás y yo estábamos parados al borde de una carretera pequeña. Vimos un
auto, pero resultó ser un móvil policial. Horacio casi lo para, pero yo lo
agarré de la mano. ¿Estás loco? Es que ya me imaginaba la portada en los
diarios: “Hijo de Montonero nace en un
patrullero”; ¡ni en joda...! Justo , así
como de la nada, detrás del patrullero, apareció un taxi. Una vez en el
hospital, ya instalada en un cuarto,
Horacio se volvió a casa para sacar a los compañeros compartimentados. Pero
tardó mucho en volver. Y yo empezaba a preocuparme, al punto que creí que
había “caído” con Nicolás. Pero al fin
llegó, tarde, pero llegó. Es que se había demorado porque justo después de
sacar a los compañeros supo que había caído una compañera y se creía que
estaba “cantando”. Nicolás me
traía una florcita que había cortado en el jardín del hospital. Llegaron
justo antes del parto. Laura nació bien pero tenía unos ruiditos en el
pulmón, y los médicos, por precaución, la pusieron en una incubadora. Horacio tuvo
que irse rápido ya que había demasiados compañeros que no tenían donde
guardarse. No sé, pero de aquellos instantes, solo recuerdo las sirenas y mi
angustia al no saber si eran de ambulancias o de la policía. A la media
hora de haber parido, me levanté, buscando formas para escaparme del
hospital, en caso de que llegara la cana. Pero Laura estaba en la incubadora:
¿Qué hacer? ¿Me la llevaba conmigo? ¿La dejaba? Tanta, pero
tanta angustia no me dejaba pensar y Horacio que no aparecía y yo que no tenía
pañales limpios para la beba; así que me puse a lavar, sin que me vieran para
no despertar sospechas. Pero la
situación afuera estaba cada vez peor. El 3 de
enero volví a casa. El clima que se vivía era inaguantable. El 4, Horacio
llevó a Nicolás a la guardería por la mañana. Volvió a la
una de la tarde y me dio 15 minutos para que me preparara; no sabíamos que
estábamos “levantando” nuestra casa por
última vez. Al igual
que la vez anterior, el compañero que había dado su nombre para que
alquiláramos la casa había caído. Quisieron
trasladarme a casa de otros compañeros en la zona, pero Horacio prefirió
llevarme a Buenos Aires. Días después nos enteramos que esa noche había
llegado la patota armada y bombardearon la casa donde supuestamente me tenía
que quedar. No quedó nadie vivo. Retomo:
pasamos por la guardería a buscar a Nicolás y de allí a la estación de
trenes. Estaba por subir al tren y una señora me preguntó cuanto tiempo tenía
Laura. Y yo pensé, si le digo 4 días, le va a parecer raro, así que le dije 4
semanas. La mujer se volvió loca y me empezó a gritar, que como se me ocurría
sacar a una bebita tan chiquita de viaje, etc. etc. etc. Recuerdo el
aire acondicionado del vagón. Tenía tanto miedo por el problema del pulmón de
Laura. Pero no había pasajes para los otros vagones. Recosté el asiento, la
acosté sobre mi pecho, la cubrí con una manta y casi no me moví hasta que
llegamos a Buenos Aires, donde nos
quedamos en casa de mis padres. El 7 de
enero nos fuimos a Miramar, Horacio a la semana volvió a Rosario. Ahora solo
nos quedaba llegar juntos al cumpleaños de Nicolás; y luego llegar a nuestros
propios cumpleaños, y luego al próximo y ... Al volver a
Buenos Aires me instalé en la casa de mi cuñada Susú. Para ese entonces Susú
ya había enviudado, al igual que Alcirita (su hermana) que además estaba
presa. Esa sensación de que pronto me tocaría a mí me aterrorizaba. En una de
sus visitas, Horacio le preguntó a Nicolás que quería para su cumpleaños.
Nicolás pidió una jirafa. El 18 de
febrero llegó Horacio con una tremenda jirafa de peluche de un metro de
altura. Fuimos al zoológico a festejar. También llevamos a Esteban y pasamos
juntos el día. Después fuimos a casa de mis viejos e hicimos otra fiestita.
La pasamos juntos esas semanas y parecía que todo, todo estaba bien y que tal
vez podíamos volver los cuatro a Rosario. Ya no me
acuerdo cómo ni porqué decidimos que él, iba a volver primero para asegurarse
de que todo andaba bien. Es que Rosario estaba cada vez peor y se debían
tomar precauciones. Pero si todo andaba sobre ruedas, volvería a buscarme al
día siguiente para viajar juntos. Tengo su
despedida incrustada en la memoria. Fue en el departamento de Susú. Yo le
estaba dando de mamar a laura sentada en la cama. Horacio se acercó, me dio
un beso. Nicolás se puso a llorar como nunca en su corta vida; no quería que
su papá se fuera. Parecía una premonición. Jamás lo habíamos visto así. Al día
siguiente Horacio no volvió. Llamé al control. Me dijeron que estaba bien,
que estaba herido, pero bien, que fuera a Rosario. Yo la verdad no se porque,
pero supe que algo raro pasaba pero quería creerles. Porque si no estaba
herido, estaba muerto o preso. Si estaba preso, lo estaban torturando. Sí,
herido y escondido era lo mejor. Mis suegros
no me dejaron ir y fueron ellos a Rosario a ver que pasaba. Pero los vecinos
no se animaron a contar mucho y así fue como comenzó el peregrinaje de Alcira
y Roberto, los padres de Horacio, por todas las comisarías de Rosario. Y por
supuesto, nadie sabía nada. Volvieron a empezar. Uno de los
comisarios le preguntó si ellos sabían
en lo que estaba metido su hijo, porque él....., ¡él siempre sabía lo
que su hijo hacía!. Después les preguntó si estaba casado. Alcira y Roberto
contaron la historia ya ensayada de cómo su hijo se había ido a vivir con una
chica que a ellos no les gustaba, no sabían entonces, mucho de la pareja. El
comisario les contestó que no se preocuparan, que ya me encontrarían, porque
ellos a las viudas las llamaban “blancos
caminantes” por lo fácil que era cazarlas. Les dijo
también que habían encontrado ropas de bebé en la casa invadida (por ellos).
Y les mostró la foto de Horacio muerto, caído sobre una silla, rodeado de
libros y revistas. Por suerte,
entregaron el cuerpo. Todos
estábamos determinados a encontrar el cuerpo. Horacio siempre decía que para
los milicos, quedarse con el cuerpo del compañero caído era una victoria más.
Y así fue, que con las palabras de Horacio en la mente, Alcira y Roberto se
encontraron camino a Buenos Aires siguiendo el féretro de Horacio para
confrontarse a la jodida realidad de no encontrar cementerio que quisiera
aceptar el cuerpo. Con ayuda
de conocidos Horacio fue enterrado. Mis suegros se comunicaron con mis padres
y les confirmaron el asesinato de Horacio. De todo eso
recuerdo que estaba en un automóvil y mis viejos me decían que yo siempre
había tenido mucha suerte, porque había sobrevivido a un cáncer cuando tenía
2 años (en ese mismo momento me enteré del sarcoma que tuve, por boca de
ellos). Y
aparentemente ahora, había tenido suerte nuevamente. Yo creía
que la conversación seguiría por el lado de que yo había tenido suerte porque
Horacio estaba herido y seguía escondido. Pero no, la suerte era porque yo no
había estado con él, por ende, los chicos tampoco. Yo no ví nada. No tuve
velorio donde procesar. No tuve entierro para mis adioses. Será por eso que
siempre le sigo diciendo adiós. No me
separé de los chicos. Le seguí dando el pecho a Laura. Trataba de recordar
los criterios de Horacio para criarlos y trataba de dialogar siempre con él
frente a todas las decisiones que tenía que tomar. Pero me sentía muy sola
sin su compañía. Mi familia
me empezó a presionar muy fuertemente para que saliera del país. Mis suegros
tenían ya sobre sus espaldas, no solo la muerte de su hijo, sino la de sus
dos yernos y una hija presa. Quedaba Susú que acaba de dar a luz en su viudez
a José, su tercer hijo, un mes antes de que naciera Laura. Y ahora yo. Con
mis dos hijos. Sin tener a donde quedarme. Me ví con
el Cabezón Habegger y me dijo que tal vez, por un tiempo, irme sería lo más
seguro. Según mis viejos, serían solamente cuatro o cinco meses. Me despedí
de la gente más cercana. Con la ayuda de otros, mis padres pudieron salir con
los chicos para luego pasármelos en Uruguay. Allí saqué documentación para
Israel que en sí fue toda otra odisea. A todo esto
les cuento, que la jirafa que Horacio le había traído a Nicolás de Rosario,
nos acompañó en todo momento. Y hasta el día de hoy está en la habitación de
Nicolás... Se imaginan en el aeropuerto de Montevideo: yo llevando a Laurita
y un bolso. La azafata llevaba de una mano a Nicolás y en la otra un segundo
bolso, y el comisario de abordo llevaba una jirafa y el tercer bolso. Tengo
una foto donde puede verse esta escena increíble. La estadía
en Montevideo fue corta e incierta. El pianista Miguel Angel Estrella (un
compañero peronista) había caído preso en el Uruguay. Todavía
tengo en mi mente lo que vi entonces desde la ventanilla del avión. Recuerdo
lo que pensé y que todavía se repite cada vez que subo a un avión y miro
hacia fuera: los sueños, o más bien las pesadillas que tenía y que se
reflejaban en Horacio herido, y yo no poder llegar hasta él y salvarlo. Era
la impotencia total. En Israel
estuvo un poco más de un año y allí trabajé junto a otras viudas para
denunciar lo que ocurría en nuestra patria. La consigna que levantábamos era:
“Cada voz puede salvar una vida”;
fue durante el Mundial de Fútbol del 78. En ese marco
se hicieron muchos trabajos de denuncias sobre violaciones a los Derechos
Humanos. Fue así que junto a Judith Said y otras compañeras, hablé en el
Parlamento israelí (Kneset) y me reuní hasta con con Abba Eban. Pero la
verdad, no me sentía cómoda allí. La política
exterior de Israel con sus vecinos palestinos estaba en las antípodas de mi
pensamiento político. Así que me
fui a España, donde ya residían Susú y sus chicos, Busqué
trabajo y un departamento para alquilar y allí me enfrenté a la particular
situación -que se volvió a repetir luego en México- que como estaba
sola y con chicos no conseguía que nadie me alquilara. Así fue
entonces que debía apelar a la viveza criolla para poder sobrevivir y me
inventé un marido, un viajante de comercio que por tal motivo estaba poco en
la ciudad, y ¡funcionó!. En España
tuve una experiencia laboral muy interesante, diseñando ropa, lo que me
permitió conocer Como
explicar el exilio. Por una
parte los que se quedaron juran que era mejor irse, por la otra, es decir
muchos de los que se fueron, juran que quedarse era lo más acertado. De poder
elegir yo hubiese preferido permanecer en el país. El
autoexilio es irse por propia voluntad con la posibilidad de quedarse, pero
el exilio es la expulsión sin alternativa, dejar el lugar de los afectos y
por el cual uno luchó para hacerlo mejor, en la creencia que nuestro nietos
vivirían en una Argentina mucha más justa para todos. Y ahora estaba yéndome
tan lejos: idiomas extraños, costumbres distintas, desarraigada y sola;
tendría que aprender a convivir con sirenas policiales sin tener que salir
huyendo como un acto reflejo. Pasé por
Cuba a vivir un tiempito. Me acerque
nuevamente a los compañeros y di una mano por ejemplo en el cuidado de la
guardería que alojaba a los chiquitos argentinos, hijos de compañeros “desaparecidos” o
bien de aquellos que seguían combatiendo a la dictadura militar. Como una
tenía que seguir desarraigándose por fuerza, no me podía quedar en un lugar
por más que este me gustara mucho. Una se auto-saboteaba y levantaba
campamento porque tenía que estar siempre lista para el regreso a casa. Así fue que
entonces me fui de Cuba a México, donde también seguí colaborando activamente
en las revistas que los compañeros editaban desde el exilio. Allí conocí
a Pablo, que fue el padre de mi tercera hija: Itzel (Rocío de En ese
momento mi nueva pareja cubría mis expectativas y fue parte de mi lucha por
rehacer mi vida y recrear una familia para mis hijos después de tanto años. Decidimos
mudarnos a Canadá, donde ya estaban radicados mis padres y hermanos. Yo
pensaba que de esta manera sería más fácil juntar el dinero necesario y estar
preparados para pegar la vuelta al pago. Además mis hijos estarían más cerca
de sus abuelos y tíos. En 1989
viajamos con los chicos a Buenos Aires y allí se definió mi separación de
Pablo. De regreso
a Canadá este país me brindó la posibilidad de dedicarme de lleno a la
pintura y eso con seguridad fue lo que me salvó. Nora Patrich Gentileza de
Roberto Baschetti robertobaschetti@yahoo.com.ar
y Nac&Pop |
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